Carta…

El ácido se consumía en su antebrazo deformado. Los párpados apenas parpadeaban, cansados de evitar el gas pimienta que mojaba sus pupilas. Y sus ojos, sólo desviaban la mirada hacia la mesilla de la izquierda, donde reposaban aún sangrando, sus falanges amputadas.

Asomaban alfileres de las uñas. Las grietas de la comisura de sus labios, eran cuencas donde resbalaba bilis, saliva y sangre, de una lengua ahumada con soplete. Y mi sacacorchos preferido, abre rótulas mejor que vino tintos.

Sin tendón de Aquiles se anda mal, debió pensar al estrenar mi podadora. Y los surcos de su espalda, eran un clase práctica para estudiantes de medicina. Y el cuchillo jamonero, se desafila por momentos…

Y suplica, y reniega del pasado. Delira. Ruega por su vida sabiéndose último en su especie. Grita al ver a sus dos compañeros sin brazos, sin piernas, sin cabeza…

– Ves Melchor… ¿ves lo que te va a pasar…?

y el Rey entró en razón… me trajo una playa, y un trabajo digno de vendedor de gambas, y una vida sin horarios, y una sociedad sin buitres…

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